miércoles, 14 de junio de 2017

Los Premio Nobel Paisas

La verdad es que se me pasó escribir hace algún tiempo sobre la condecoración que le fue otorgada a Maluma por parte del Gobernador de Antioquia. Olvido que con el paso del tiempo me ha permitido obtener más información sobre lo que hay detrás de este magno evento. En un principio creí que nuestra ilustre raza antioqueña que es bien competitiva (ellos que ya han desechado cualquier invento nuevo por obsoleto antes de ser inventado) no se podían permitir que los únicos premios nobel que hayan recibido los colombianos recaigan solo en un costeño y un cacahaco. La imposición a Bob Dylan del premio Nobel de literatura les dio fuerzas y luces y decidieron, como no, empezar a posesionar al reggeatonero como serio candidato a tan importante distinción. Pues bien, resulta que la gobernación no solo condecoró a Maluma sino que también lo hizo con el cantante de reggeaton J Balvin y para acabar de completar el concejo de Medellín, capital de Antioquia, hizo lo propio con el mismo Balvin. “Aca hay algo más”, pensé.

Decidí llamar a un par de conocidos míos que hacen parte de la más alta alcurnia paisa para comentarles mi teoría, y después de advertirme que no hablarían conmigo por teléfono, me citaron en la Fonda Paisa para contarme la historia completa. Llegué temprano y ya tenían frente a ellos un chicharrón de 7 vagones acompañado de media de guaro. “Sentate pues y tomá nota que en bajo concepto nos tenés”,  dijeron. Con acento arrebatado por sentirse locales en la fonda, me soltaron así sin más ni más que ellos no iban tras un Premio nobel sino querían tomarse los Nobel. Escondiendo la palidez de mi sorpresa en las sombras del establecimiento, sonreí a media boca  y un “no jodas, contá pues”, se me escapó (es que el acento se pega).

Empezaron a relatarme como en un análisis juicioso que venían haciendo de los Premios Nobel, se habían dado cuenta de que el  nombre de los premios derivaba del apellido de un ilustre escandinavo y que ellos creían que Antioquia ha tenido y tiene  personalidades mucho más ilustres que Don Alfred y que han escrito páginas en la historia mundial más relevantes. Del nombre de los premios paisas no me develaron nada, pero me aseguraron ya tenerlo definido y que simplemente era cuestión de que el personaje elegido prestara su apellido. “Será una bomba”, confirmaron los dos. También me contaron que en principio los premios serían entregados a hijos del departamento y que en contadas excepciones a aquellos que hablaran muy bien de los paisas y los que no lo hicieran serían declarados personas no gratas en toda su geografía.

Sin querer contarme más sobre la elección y los jurados, entraron a describirme como se habían imaginado la ceremonia, los festejos y los premios. La ceremonia sería celebrada en el Parque de Berrio, en la nuez de la capital antioqueña, y sería presidida por las autoridades locales y un grupo de empresarios antioqueños, quienes a su vez recibirían todos los premios en su primera edición. Le seguiría un coctel en el Parque del Poblado pasando antes por la meca de la innovación mundial contenida en la ruta N. Después del coctel habría una cena de gala con menú de degustación típico con frisoles con tajada madura y maridaje de aguardiente antioqueño y tinto cerrero en El Trifásico de Envigado.

Haciendo gala de su conocida austeridad el galardón sería el famoso collar de arepas, acompañado de una guirnalda de flores tejidas por los silleteros de Santa Helena y de ñapa un calendario del año correspondiente al premio con fotos de Natalia Paris. Los discursos de aceptación deberían ser cortos y el enfoque sería el de resaltar la raza superior heredera de los arrieros que con tanto sudor forjaron el departamento.

Me quedé mudo al  oír esta historia y en su temor ante mi silencio me dijeron “y eso que este es el principio, papá, después de esta le damos golpe de mano al mundial de fútbol y lo vamos a organizar como organizamos la Pony Fútbol”. “¿Y eso cómo es?,  pregunté.”  “Fácil, invitamos 40 equipos paisas y 5 de afuera, juegan todos contra todos y al final gana un paisa.”

A mis amigos, conocidos y parientes paisas, un saludo acompañado de un los quiero mucho pero eh ave María con ustedes.


sábado, 25 de febrero de 2017

Robert Redford y Odebrecht


Por decisión propia he estado alejado de la lectura de periódicos y del contacto con noticieros en los últimos meses. Si bien mi elección me ha traído tranquilidad, se ha desatado un debate interno entre mi interés por entender y criticar el mundo en que vivimos y mi propia estabilidad personal.  Hace un par de días, mi amiga Carolina me preguntó si había escrito o iba a escribir algo sobre el caso de Odebrecht. Le salí al paso contándole en qué andaba y que por lo mismo no tenía en este momento un criterio al respecto. Pero como quedé picado (no tanto en conocer la información como en ser reconocido por mis opiniones) me di a la tarea de mirar el caso mencionado para hacerme así alguna idea que me permitiera expresarles mi opinión.

La mera verdad, volver a la lectura de los medios escritos no fue ningún elixir refrescante o fuente de sabiduría nueva para mi intelecto. Me sentí exhausto como Sísifo, condenado en su ceguera a repetir una misma acción hasta la eternidad. El mundo es invariable, exacto y predecible. La historia de la corrupción es un libro ya leído en los años de mi paso por esta tierra y los que me antecedieron. “Nada nuevo o llamativo en la historia”, pensé.

Con el paso de las horas decidí entregarme a mi tozudez genética y plantearme el reto de encontrar algo llamativo o cuando menos divertido de todo el escándalo. De manera involuntaria mi mente empezó a escarbar en los rincones de mis recuerdos, para por fin instalarse en las huellas que dejó en mí la película de los 90s llamada ¨Propuesta Indecente¨. En el filme una pareja de esposos (interpretados por la churrísima Demi Moore y el enigmático Woody Harrelson) con problemas financieros, reciben una propuesta de un millonario (interpretado por el papacito inmortal Robert Redford) de pagarles un millón de dólares si acceden a que la protagonista pase una noche con el millonario. Para hacer breve el cuento ellos  acceden y esto enmaraña la película con reflexiones sobre el amor, el dinero, la ética,  el sexo, etc.

Sin entender al principio la conexión del caso Odebrecht y la película, dejé que la sabiduría de los recuerdos actuara y me mostrara sus luces. Y como es común en ella, lo hizo en horas del amanecer para seguir su incansable hábito de robarme horas de sueño y entregarme a la obsesión. Empecé a traer a mi mente no el recuerdo propio de la película, sino las repercusiones de la misma. Recordé cómo en las generaciones de los que vimos la obra, sin siquiera haber abandonado el teatro, se plantearon conversaciones de pareja o amigos en donde nos preguntábamos qué hubiéramos hecho nosotros ante esta propuesta. Las discusiones lejos de ser tontas abrieron los ojos sobre las relaciones que creamos y en muchos casos llevaron a terminar relaciones, pues no se podía estar cerca de un proxeneta o una puta. El tema era uno ¿cual es el valor económico de nuestra consciencia?

Pues bien, permítanme ahora saltar a hablar del Odebrecht en Colombia. Muy poco es sorprendente en esta historia, incluida la rasgada de vestiduras colectiva de una sociedad que convive y patrocina estos actos. Entre lo poco que sí verdaderamente sorprende resalto el bajo valor economico de nuestra consciencia. Tan solo 11 millones de dólares repartidos entre varios. Esto, colombianas y colombianos, es una vergüenza y un asalto a la dignidad patria.  Las investigaciones preliminares arrogan que la multinacional brasilera pagó en comisiones una cifra cercana a 800 millones de dólares por todo el mundo y nuestro país se ubica en la lista en los deshonrosos últimos lugares siendo uno de los países que menos dinero recibió en coimas. No por virtuosos, por supuesto, sino por la incapacidad de ser dignos inclusive en lo indigno.


Si hace ya más de 20 años el personaje de Robert Redford nos planteaba el dilema de ¿cuál es el valor económico de nuestra consciencia? ( y sabemos que hay un valor), se hace necesario que como país nos planteemos el interrogante y nos mostremos al mundo con algo de altura como un colectivo que no se conforma con las boronas de la torta y que le enseñe a tirar línea a otras naciones. Propongo que en el proyecto de ley anticorrupción que promueven algunos políticos, se incluya alguna fórmula matemática de pago de sobornos que nos permita levantar cabeza, ascender en la escala de pago de comisiones y así ocupar y refrendar con altura el honroso lugar que ocupamos como uno de los países más corruptos del mundo. Como dirían los Budistas aquello que resistes persiste.

martes, 31 de enero de 2017

Lo que sorprende de Trump es que no sorprende

Hace un par de semanas terminó de cristalizarse y hacerse oficial el temor de turno de muchas personas. El 20 de enero del año 2017 el polémico magnate Donald Trump juró como presidente de los Estados Unidos y asumió el cargo más visible e importante del mundo al mando de la nación más poderosa de los últimos tiempos.

El temor de la era Trump se ha vuelto comidilla de conferencias, charlas y reuniones de negocios y familiares. ¿Qué nos depara con este señor?  es la frase mentada y todos y cada uno de nosotros oficiamos de analistas políticos con alcance internacional. En este texto yo también lo haré.

Lo que más sorprende de Trump, es que no sorprende, es decir que es totalmente fiel y congruente con el discurso que nos contó en campaña. Ya empezó el trámite de su muro, lanzó políticas migratorias duras, empezó el desmonte de Obamacare,  comenzó a dar licencia a los ricos de su país para hacerse más ricos. y despidió tal y como lo hacía en The Apprentice de manera fulminante a la fiscal de los Estados Unidos. Nada de lo que ha hecho debería sorprendernos pues ya lo había anunciado.

El problema está en que Trump se desmarca en la forma de los estándares de la clase dirigente que conocemos por estos lares (y no me refiero tan solo a la clase política) y que no hace otra cosa que sorprendernos. Nuestra Elite maneja un discurso contrario al de Trump, con visos bastante progresistas (no hago alusión a la militancia del partido político de Gustavito el mentirosito) y una ejecución o protección del status quo bastante parecida a lo que nos escandaliza del presidente del coloso del norte. Es decir, dicen una cosa y piensan y ejecutan otra.

Pero como es en la acción donde refléjanos nuestra pasta, miremos las similitudes que tenemos con Donald:

Los entornos familiares y empresariales de nuestra sociedad son casi en un cien por ciento machistas, somos sexistas (revisen cuántos chistes nos cruzamos día a día en los chats grupales en donde caricaturizamos al sexo opuesto).

Somos xenófobos y la naturaleza nos dotó de un muro natural en la selva del Chocó que limita el tránsito de otras razas a nuestras tierras. Por allá solo vamos a eventos faranduleros, que nos permiten tomarnos fotos faranduleras con grupos de niños de otro color, y así adornar nuestro Facebook o Instagram para que todos piensen que somos incluyentes y sensibles. Después de la foto volvemos a nuestra vida citadina y en nuestras plegarias diarias pedimos que nuestras ciudades no se llenen de “negros malucos y memes”.  

Así como el nuevo ¨líder del mundo libre¨ (así denominan los americanos a sus presidentes), más de la mitad de nuestra población está convencida de que debemos erradicar de la faz de la tierra a sangre y fuego cualquier viso de lo que llamamos ¨terrorismo¨. Ninguna concesión o negociación es permitida, solo el sufrimiento o la muerte nos valen como elemento reparativo.

Nuestra clase dirigente se protege, arropa y cruza favores. Verseamos sobre la igualdad, la equidad  y la repartición de la riqueza pero concentramos en los mismos con los mismos la nuevas oportunidades para que no se nos cuele un “lobazo arribista e igualado”. Tramitamos y llevamos al nivel de ley de la república prebendas que protegen la mal repartida riqueza en unos pocos. Eso sí. lavamos la moral y robamos espacios en las páginas del jet set con alguna que otra fundación para los “pobres zarrapastrosos”.

Por último, si hablamos de medio ambiente los hacemos por es sexi y chic pero no tenemos ni idea de lo que esto significa y mucho menos tomamos acciones que lleven a su verdadera protección.

Como vemos en el fondo, Donald Trump nos representa más de lo que pensamos. De pronto nuestra mala y selectiva  memoria o la “mal-equivocada” imagen que tenemos de nosotros mismos no nos dejan verdad la realidad, pues si caminamos como un pato, graznamos como un  pato, volamos como un pato  y pensamos como un pato pues nos parecemos al pato Donald. De pronto aceptando nuestra verdadera  condición podríamos  darnos cuenta que una sola acción vale más que mil intenciones y quinientos versos frondosos.








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